Habitualmente no damos mucha importancia a cómo hablamos… ¡Craso error!

Especialmente la manera en como hablamos a nuestros peques, pues nuestras palabras, lo que decimos y más aún cómo lo decimos, es la guía de sus actos y emociones, y un represor pepito grillo en su futuro.

 

Esta es una de las piedras del camino de la comunicación familiar, que se repite entre mis clientes una y otra vez. La más frecuente… es la manera de expresar lo que queremos de la otra parte. Más concretamente es la forma de NO HACERLO la que genera los conflictos.

 

Si yo ahora  dejase aquí esta entrada y la diese por terminada, y a lo sumo dentro de unos días volviese enfadada a contaros que nuevamente he tenido clientes con el mismo problema, pese a que repito una y otra vez que así NO se hace… pues cómo mínimo os sorprenderíais, y lo siguiente sería que no entenderíais nada. Y si ocurriese un par de veces más, simplemente pasaríais de mí y me mandaríais a freír churros.

Bien. Pues esto exactamente lo que hacemos no una ni dos veces, si no constantemente con las personas con las que convivimos. Nos centramos en la carencia o efecto negativo que algo nos provoca, lo reprimimos (no sabemos cómo actuar, ni sentir, ni decir,…) para finalmente lanzarlo a la otra parte en forma de reproche (entonces ya no es solamente un “No algo” si no un torrente de emociones acumuladas que se vacían  a colación de ese noalgo).

Y a nuestros hijos, acostumbramos destacarles lo que NO deben hacer,

lo que no deben decir,  lo que nonos gusta, lo que no es bueno, lo que NO, nonono, no 

 

El problema del no es sencillo: que de ninguna manera implica lo que SI! Cuando le decimos a un hijo o hija que NO toque esto o lo otro, que no haga así o asá, que no X o Y… ¿le estamos dando una opción a su comportamiento? ¿Le estamos enseñando a hacer? Simplemente estamos restringiendo su capacidad de aprendizaje. Máxime si lo hacemos alterándonos, enfadándonos o riñéndole. El mensaje es simple: NO reprime, incita a sentirse mal, a parar, a renunciar… SÍ da opciones, es optimista, esperanzador, dan ganas de buscar!

 

En definitiva, os animo a empezar a utilizar, como mínimo tantas veces como antes usábais el Anita, NO bla bla bla!! lo que denominamos la Reformulación Positiva. Es muy sencillo: prueba a decirle a tus hijos lo que sí te gustaría que hiciesen cuando hacen algo que no te gusta. Observa tu estado anímico. ¿Es otro? ¿te incita a enfadarte, a calentarte, a tener que repetirlo (es muy probable que tus hij@s no “acaten”)?. Ahora observa a tu hij@: ¿sonríe, busca, quizá le agrada la opción, no se enfada (o al menos la rabieta es menor)? Al menos sabe a qué atenerse, sabe qué puede hacer y qué cosas le proporcionarán la atención positiva de su madre o padre, cosa que los peques buscan con ansia. Estaremos además reforzando a la criatura a querer hacer las cosas mejor y buscar opciones para conseguirlo, descartando métodos agresivos para conseguirlo (es que antes le estábamos enseñando que es lícito conseguir las cosas con negativas, órdenes, gritos, enfados, amenzas o castigos…).

 

Y para terminar este post (habrá más sobre esta temática) os cuento una anécdota de mi pequeña maestra: cuando empezó a querer abrir las alacenas de la cocina, meterse dentro, y coger todo lo que contenían; en lugar de enseñarle a no abrir las alacenas de la cocina, le enseñamos a cerrarlas (las puertas y los cierres de seguridad, ya que aprendió a abrirlos el mismo día que los pusimos…). Bien, pues es ella misma la que ha asumido la tarea de mantener cerradas puertas y cierres y está pendiente de hacerlo con total eficiencia. Vamos, lo que queríamos conseguir, que no abriera, pero sin riñas, enfados, persecuciones, y con un bebé de sintiendo la valoración  y la satisfacción consigo misma.